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domingo, 21 de junio de 2015

DE FUNERALES

La semana pasa se murió un vecino del quinto que era muy pedante que siempre tenía que ser el que todo lo sabía, el centro de todo y de todos. Decidimos ir a su casa a darle el pésame a sus familiares y, mientras íbamos subiendo la escalera, Cuqui exclamó:
"¿Y si resulta que no se ha muerto? Ya sabes que este hombre nunca ve el momento de irse..."
Ante lo absurdo del comentario, estallamos en unas sonoras carcajadas, totalmente fuera de lugar en el momento en el que estábamos. Total que decidimos no ir a dar el pésame al domicilio de la vecino e ir directamente al entierro del finado cotilla.
Resulta que en nuestro pueblo todavía entierran en el suelo, ( no vamos a ser menos que en las películas americanas) y todos llegamos antes que el cuerpo presente.
Una señora, que por lo visto era familía del muerto, además de corta de vista y torpe, se acercó al filo del hoyo preparado para el evento que nos ocupaba, tanto que, sin darse cuenta, cayó dentro del mismo. Su marido se acercó para intentar auxiliarla, pero la diferencia de 100 kg entre ambos cónyuges hizo que el infeliz cayera también a la tumba.
Después de que los asistentes hicieran un montón de fotos y "selfies" con los móviles, los pasaran por el Whatsapp, el Instagram y los publicaran en la mitad de los muros de Facebook de los habitantes de la comarca, a alguien se le ocurrió llamar al 112. 
Ya os podeis imaginar: los bomberos ( yo vi a una sobrina solterona del muerto que, al verlos, se desabotonó la camisa más allá de lo que el protocolo establece en un funeral), policía y ambulancia por el cementerio en procesión, con sus sirenas y los de la funeraria que acababan de llegar con el protagonista de la fiesta, preparando las cintas métricas por si tenían que hacer horas extras.
Al final, se llevaron al torpe matrimonio al  hospital y una gran parte de los asistentes al funeral los acompañaron o fueron a hacer el atestado a la policía. Nos quedamos el cura, el oficial del cementerio, Cuqui, un señor de Cuenca y yo a despedir a aquel vecino, el cual, todavía después de muerto había seguido dando la nota.

Es de agradecer que no siguiera el ejemplo de Manoj Baghel, un sacerdote índio que en 2013 se suicidó prometiendo a sus fieles que resucitaría a los tres días. Y es que hay gente que no sabe cuando está de más... 

Núria Graell