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sábado, 19 de septiembre de 2015

EL EFECTO REDUCTOR

Después de unas merecidas vacaciones y de la tan traída y venida depresión postvacacional, os hablo hoy de una tendencia que vengo observando desde hace ya un tiempo: el efecto reductor. 


No me estoy refiriendo a esos potingues y pócimas varias que te anuncian en televisión, (después del anuncio del nuevo helado de chocolate, miel y tocino de veta de MacDonalds) y que prometen quitarte, en una sola noche, todos esos michelines que tardaste años en juntar, gracias al esfuerzo de morcillas, chocos y cervecitas varias. No.

Estoy hablando de la tendencia generalizada a hacer las cosas cada vez más pequeñas.
El efecto reductor llegó, en primera instancia con la ropa interior femenina: antes para verle el trasero a una dama, tenía que quitarse las bragas y ahora la moza en cuestión...¡Tiene que apartarse los cachetes de culete para poder verle la cinta del tanga!

El efecto reductor se instauró con todas sus fuerzas en el mundo tecnológico. Algunos recordareis aquellos primeros teléfonos móviles de los años 80. Sólo aparecían en televisión y unicamente estaban al alcance de una minoría. Eso sí, cada vez que llamaban, te cogía una contractura en el hombro por tener que aguantar semejante tonelaje.
Los televisores también menguaron y se hicieron planos. En este caso, los que salieron perdiendo fueron los tapetes de puntillas de ganchillo de la abuela y la bailarina flamenca que nos trajimos aquella vez que fuimos a las Ramblas de Barcelona, junto con el sombrero mexicano.

Los salarios no es que menguaran; es que ya eran pequeñitos, pero es que ahora cuestan más de encontrar que la nuez de Adán en un Minion...
Hablando de Minions, fijaos como el efecto reductor ha llegado al mundo de los dibujos animados: hemos pasado de los Simpsons, con su orondo Hommer a los pequeños y también ictéricos Minions.

El efecto reductor ha llegado también al mundo de la política y de la banca; se ha pasado de tener poca honradez a no tener ningún tipo de vergüenza cuando a algunos los han pillado con las manos en la caja (o en los sobres) y han osado volver a mandarnos sus caras sonrientes a casa, junto con una papeleta electoral.

Y ahora os dejo que parece que a mí también me afecta el dichoso efecto reductor: ¡Mis veinticuatro horas cada vez dan para menos!

Núria Graell Coll
Septiembre de 2015